lunes, 27 de diciembre de 2010

Sucedió como suelen suceder estas cosas... supongo. Sin pensarlo. Porque de habérmelo pensado, casi con toda seguridad, no hubiera sucedido. No me entiendas mal, no me quejo, en absoluto. Es sólo... es sólo que a veces resulta curioso las decisiones que resultan ser trascendentales que nos vemos obligados a tomar sin pensárnoslo dos veces. Dios, a veces sin pensárnoslo ni una sola vez.

Por motivos de trabajo me encontraba en la calle. El día no es que fuera extraordinariamente frío, pero era desapacible, con un fuerte viento y con unas nubes que parecían presagiar una manta de agua... Cargué los trastos en el coche y entonces lo ví. Era un perro de color canela... un galgo. Estaba en un parque, junto a los niños. Desde donde yo estaba parecía ir suelto. Eso me extrañó. No son los galgos perros para llevarlos sueltos por la ciudad. Aparqué el coche donde pude (muy malamente por cierto) y me acerqué. No esperaba que el animal confiara en mí. Los galgos son desconfiados. Pero se acercó. Era una hembra. Le palpé el cuello y comprobé que no tenía microchip. Estaba abandonada. Y herida. Y hambrienta. Comenzó a lamerme la mano. Y entonces... entonces miré sus ojos de color caoba, bordeados de un negro intenso. Y comprendí que ya no iba a dejarla marchar. Las siguientes 72 horas las pasó prácticamente durmiendo y comiendo. Pero al final, a los pocos días, conseguimos que moviera el rabo. El dinero, dicen, puede comprarte el mejor perro... pero no el movimiento de su cola. Así entró Sheva en nuestras vidas. Sucedió como suelen suceder estas cosas... supongo. Sin pensarlo.


Publicado por Antonio.Arevalo @ 22:28
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