Ha estado lloviendo casi todo el día. La temperatura ronda los cero grados. Aunque la noche no es azul las estrellas titilan a lo lejos, como en aquella noche en la Neruda podía escribir los versos más tristes. Siempre me han gustado las noches de invierno, cuando el aire es tan frágil que podría romperse. Más allá de la silueta de los árboles reconozco el cinturón de Orión, las tres estrellas alineadas. Y, siguiendo esa línea... Sirio. Brillante en el transparente cielo invernal. Y por un momento me pierdo en ese hechizo y me recuerdo con catorce años, mirando esa misma estrella, en idéntica posición que esta noche. Muchos sueños y muchas cicatrices más joven. En algún lugar del corazón, dicen, siempre se es joven. Quiero pensar que mientras esa estrella brille seré capaz de recordarlo. Habrá noches en las que las nubes, del tipo que sean, me impedirán sin duda que la vea. Y habrá momentos es lo que dudaré si tras esa capa de obstáculos continúa brillando para mí... pero no esta noche. Esta noche vuelvo a tener catorce años y me pierdo en el frió invernal contemplando el cinturón de Orión. Y, siguiendo la línea... Sirio.