Por mucho que lo intente no puedo negar la evidencia. El (conocido) fantasma de la tristeza se ha colado, otra vez, por los huecos de las costuras. Por la noche iba notando sus abrazos no siempre fríos. Y achacaba esa sensación a miles de posibilidades distintas. Finalmente no puedo fingir más. Es esa caricia que, a fuerza de costumbre, nos acabo resultando cálida. La melancolía, dicen, es la costumbre de la tristeza. El hombre es animal de costumbres. Me he empeñado en cerrarle la puerta, en sonreir y sonreirme aunque no hubiera justiifcación alguna para la sonrisa. Pero me pilló las vueltas. Mi vida vuelve a ser como un cuadro de Friedrich, triste, trágico y neblinoso. De nuevo la única justificación que encuentro para seguir en el camino son los demás. Y de nuevo encuentro un extraño cuando me miro cada mañana al espejo.
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