El ángel de pelo salvajemente negro se volvió hacia el Creador, tomándole la mano…
-¿Me entiendes ahora?
Dios, con las lágrimas aún resbalando por sus mejillas, asintió. Y ninguna de las criaturas celestiales que se encontraban presentes pudo imaginar lo que sucedería a continuación…
El Sumo Hacedor hincó su rodilla ante la sorpresa de toda la corte celestial…
-Te doy las gracias, porque han sido tus ojos los que me han permitido ver tanta belleza. Entiendo tu melancolía. Vista con tus ojos tu tierra supera a la mía.
El recién llegado no sabía qué responder… menos aún cuando el Creador le preguntó…
-¿Qué puedo hacer para que no la eches tanto de menos?
No supo qué decir… durante unos segundos. Luego, se volvió hacia Andalucía y, con una sonrisa, hizo su petición…
-Déjame volver. Te lo suplico señor. Seguro que también habrá un trabajo que hacer allí para los ángeles.
Un murmullo escandalizado recorrió el Cielo. El Creador se mesó lentamente la barba…
-No puedes volver con tu forma. Lo sabes. Y no podrías interferir en la vida de los que dejaste…
-Cualquier cosa, Señor, cualquier cosa…
El ángel andaluz de pelo salvajemente negro reflejaba en su rostro la misma sonrisa que Dios dibujaba en el suyo. Sin dejar de mirar sus ojos el Ser Supremo alzó su mano.
-Oídme bien todos los andaluces que se encuentren aquí. Los ángeles tienen por misión adorar y alabar por toda la Eternidad a su Creador. Si os dejo volver ¿lo seguiríais haciendo?
Como si llevaran toda una eternidad ensayando contestaron al unísono…
-Sí, mi señor…
-Y aceptaríais cuando forma que os diera en la tierra, con el fin de no perturbar a los que allí quedaron.
La respuesta fue idéntica. El Sumo Hacedor levantó entonces ambos brazos y alzó potente su voz…
-Id, pues, y que Andalucía entera adore a su creador por toda la Eternidad.
Un potente viento recogió a todos y cada uno de los ángeles andaluces del Cielo, al ángel de pelo negro en último lugar…
-Gracias, señor.
-A ti, Hijo mío.
Los ángeles, transformados, llegaron a la Tierra. Cuentan que así nacieron las playas rocosas de Almería, las brisas que recorren los olivares de Jaén. Dicen los viajeros que son sorprendidos por la noche en Sierra Morena que las viejas piedras parecen susurrar palabras tranquilizadoras, lo mismo que hacen las arenas de las playas de Málaga. Cuentan que cuando el Sol se refleja en la Caleta parece elevarse una risa hasta el mismo Cielo, y que, a veces, se han visto unas vagas figuras en las cimas de Sierra Nevada, o jugando entre las gaviotas que sube por el Guadalquivir hasta la Torre del Oro…
Lo que sí parece cierto es que, en plena noche, apareció en el confín más occidental de Andalucía, el que baña el último sol de la tarde, una roca que, al llegar la oscuridad, parecía hablar. Y que, andado el tiempo, un arbusto de hojas verdes como los ojos de una mujer, creció sobre la misma, abrazándola fuertemente. Y que las aves marinas depositan a sus pies piedras brillantes traídas del otro lado del mar…
Por eso, dicen, los ángeles andaluces no están en el Cielo. Y por eso sentimos a nuestros muertos tan cerca de nosotros.
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