Cuando el recién llegado se volvió esperaba cualquier cosa menos ver al Hacedor tras él. Se levantó de un salto y, lleno de respetuosa devoción, inclinó su cabeza.
-No lo entiendo. Sigo sin entender tu melancolía…
El ángel de pelo negro se sintió sacudido por el miedo cuando comprendió quién le había estado interrogando anteriormente.
-Perdón, Señor, ahora soy yo el que teme no comprender…
La voz de Dios sonaba como un trueno, y fueron muchos los ángeles que se acercaron, curiosos, a presenciar la escena.
-Yo creé Andalucía, como todo lo demás. Esta noche he vuelto a mirarla. No negaré su belleza, pero… ¿qué está mal en ti?
El ángel miró al Creador alzando sus ojos hasta el infinito.
-Señor, tal vez si la vieras con mis ojos…
Y, dicho esto, se volvió hacia la Tierra. El Hacedor colocó su mano en la nuca… y comenzó a ver aquella tierra a través de los ojos del ángel. Y, de improviso, todos los ángeles del Cielo pudieron contemplar como el rostro de Dios se iluminaba con una sonrisa, a la vez que sus ojos se anegaban en lágrimas…
-¿Qué son esos cantos?
-Nuestras penas. En Andalucía la pena se transforma en canto. Las nanas se convierten en canciones para despedir a los difuntos. El ritmo del trabajo, del día a día, de la vida y de la muerte, nos llena desde la cuna a la tumba. Nuestras risas a menudo ocultan el más profundo de los dolores…
Dios movió la cabeza. Sabía que no había faltado el dolor en aquella tierra.
-Pero, aún así, sonreímos.
Aquella tierra era rica, pero no pudo decir Dios que fuera generosa. Los hombres y mujeres la trabajaban a conciencia, sacándole sus tesoros. El Sol bañaba al amanecer las costas de Almería y se acostaba, tinto en sangre, despidiéndose de Huelva. Los ríos se despeñaban por sus sierras, señorío del lobo y del águila. Y la luna sonreía desde el Cielo, arrobada por tanta belleza.
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