-Si conocieras mi tierra, me entenderías.
La sorpresa del Creador, en ese momento, empezaba a mezclarse con ciertas dosis de indignación.
-¿Qué tierra puede compararse con el Cielo?
El recién llegado se volvió con una sonrisa triste en los labios.
-Hermano, yo vengo de Andalucía…
Lo había dicho como si tras esa afirmación fuera innecesario decir nada más, como si no pudiera decirse nada más. Dios se levantó, más desconcertado que indignado. Se encaminó lentamente hacia la parta alta del Cielo, allí donde se asentaba su trono. Mientras se despojaba de su disfraz de ángel el recién llegado había vuelto a su eterna vigilancia de nada en concreto…
Aquella noche el Hacedor meditó como hacía mucho tiempo que no había meditado. Nadie tenía que explicarle cómo era Andalucía… al fin y al cabo era tan obra suya como cualquier otra cosa. Una tierra hermosa, cierto, pero no más que otras. Lo cierto es que, en aquella noche, recordó que no era el primer caso de un andaluz que, llegado al Cielo, presentaba una melancolía similar a la que ahora tenía entre manos…
¿Tal vez le fallaba a Dios la memoria? ¿Era eso posible? ¿Quizás era, en realidad, aquella tierra tan hermosísima como el ángel de cabello salvajemente negro aseguraba?
El Creador realizó un gesto con su divino pensamiento y las nubes se despejaron. Allí abajo, a la luz de la luna llena, se extendía Andalucía. No la recordaba tan hermosa, era cierto. Aquella tierra se extendía, entre dos mares. Encrucijada entre dos mundos y asomándose a un tercero. A la luz de la noche los ríos parecían venas de plata que dieran vida a aquella tierra feraz. Pero seguía faltando algo.
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