miércoles, 10 de junio de 2009

Aquello era una contestación, pero difícilmente una respuesta. El Creador sabía que los recuerdos eran, precisamente, lo único que podía ensombrecer los días en la Eternidad de los Bienaventurados. Pero el caso del ángel del pelo salvajemente negro excedía con mucho todo lo que había visto antes. El Cielo carecía de atractivo para él, apartado, acurrucado sobre sí mismo con un leve vaivén. Había que poner una solución y hacerlo rápidamente, antes de que otros ángeles empezaran a preguntarse qué le pasaba. La melancolía es un mal contagioso.

El Hacedor, disfrazado aún de ángel, se levantó, disimuladamente, fingiendo una caricia, posó la mano sobre la cabeza del recién llegado. Sus más íntimos pensamientos quedaron así ante su vista. Y Dios esbozó una dulcísima sonrisa al encontrarse frente a unos ojos verdes oliva, ribeteados de unas larguísimas pestañas negras. La razón de la melancolía de aquel ángel había quedado clara…

-¿Cómo era tu mujer?, dijo, mientras volvía a sentarse.

El recién llegado le miró un momento. Y su rostro se iluminó con una sonrisa por primera vez en mucho tiempo.

-Mi mujer. Mi mujer tenía unos ojos robados al verde de los olivares, pero, algunas veces, soñaban con ser grises… y en ese momento ni todos los atardeceres podían competir con su belleza. Eran profundos, serenos, y sus pestañas eran como las alas de los arcángeles… y, cuando las batía, mis pesares se esfumaban como arrastrados por un fuerte viento. Su boca era como una granada abierta, y su risa era como las trompetas que desde aquí arriba anuncian la llegada de la mañana. Su olor era como el aroma que asciende hasta las puertas del Cielo cuando el Sol comienza a despertar a las flores. Cuando, en medio de la noche, me despertaba y la veía yaciendo junto a mí… sabía que era el hombre más afortunado de la Tierra, y que hasta los ángeles me envidiaban.

Aquel ángel de pelo salvajemente negro cerró los ojos y aspiró profundamente, deleitándose en un perfume que sólo el parecía notar.

-Esa es, entonces, la razón de tu tristeza. ¿La echas de menos?

El recién llegado miró al Creador con expresión extraña.

-No, claro que no. Me traje mucho de ella cuando dejé la vida. La luz de sus ojos me acompaña, y, cuando dejé mi cuerpo, la melodía de su voz, cantándome una nana mientras me dormía para no despertar, me acompañó hasta llegar aquí. Yo la amaba, la amo aún. Y por eso está conmigo. Y, al fin y a la postre, sé que ella se reunirá algún día conmigo. Es sólo cuestión de tiempo…

El Hacedor quedó atónito.

-¿Qué causa, entonces, esa melancolía que te ahoga el alma?

Los ojos del ángel de pelo negro se anegaron rápidamente, y su mirada se volvió hacia abajo, muy lejos, intentando divisar algo que escapaba a su vista…


Tags: Un sueño

Publicado por Antonio.Arevalo @ 22:30
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Publicado por Invitado
sábado, 13 de junio de 2009 | 9:50
Hoy nada puede ensombrecer el día. Disfrútalo en el lugar que estés. Es tu día. Felicidades