Sé que aunque no sepas leer estas líneas entenderás lo que en ellas te digo. Aunque no puedas comprender estos signos, no por ello eres menos digno de que te los dedique, Viriato.
Llegué a recogerte sin saber a lo que iba. Con una frase concisa, "te regalo vida", te pusieron en mis manos, pequeño borrón negro que me apresuré a poner sobre mi pecho. Y justo en ese momento, cuando te coloqué en mi regazo y me miraste con tu profunda mirada, me tuviste para siempre. Apenas abultabas algo más que mis enormes manazas que sólo querían acariciarte. Y tus profundos ojos negros me miraban y yo no sabía muy bien qué querían decirme. Y comencé a preocuparme si echarías de menos a tus hermanos, y a tu madre, si sabría cuidarte, si serías, en fin, feliz conmigo. Y aquella noche, en la cama, tras algún leve gemido, que supuse dedicado al recuerdo de aquellos otros galgos de tu camada, buscaste el calor de mi costado, y reposando tu cabecita en mi hombro me diste una paz que creí que se me había negado para siempre.
Y día a día te he visto a mi lado, hasta que te has convertido en un rayo negro, esbelto, galgo majestuoso y admirable. Y sigo queriéndote como aquél día que te depositaron en mi regazo y yo no quería más que acariciarte...
Mis razones son muy claras. Pero aún no entiendo cuáles son las tuyas para esperarme cada día, para lanzarte hacia mí cuandos oyes el sonido de la llave en la cerradura, para empeñarte en hacerme jugar contigo cuando más deprimido estoy (y más lo necesito). Sólo sé, Viriato, que han llenado un enorme hueco en una vida muy vacía, y que nunca bendeciré lo suficiente al ángel que te puso en mi camino.
Y aunque sé que no puedes leer estas palabras, sé que las entiendes. Y que eres digno de ellas...
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