jueves, 28 de mayo de 2009

Supongo que lo que voy a contarte te parecerá una soberana estupidez y yo un cretino integral por darle tanta importancia al asunto. Pero, incluso arriesgándome a que me catalogues de alguna cosa que sin duda no me gustaría, lo cierto es que es un asunto al que le he dado importancia.

Si bien me he negado siempre a vivir obsesionado con el físico y con el peso (lo siento, pero necesito la cabeza para cosas que estimo más trascendentales), lo cierto es que, últimamente, estoy reconsiderando seriamente mi actitud. A raiz de aquella caída que me destrozó el tobillo mi punto de vista a cambiado en según qué cosas. Ver las cosas tirado en el suelo cambia forzosamente la perpectiva. Lo cierto es que los pies no son precisamente ligeros, y las escaleras se suben con bastante más dificultad que antes. Siempre me ha fastidiado olvidar las cosas que aprendí, a veces, con mucho trabajo. Y la forma física la perdí hace tiempo. Yo era, como sabes, una persona de esas que les gusta trepar por los cerros, y andar y andar sin rumbo fijo. Lo cierto es que, ahora, cuando lo cuento, pocos lo creen. Y yo no he hecho demasiado por sacarlos de esa incredulidad.

Pero lo cierto es que ya no es sólo una cuestión estética. Los tobillos e piden clemencia, me siento incómodo y cuando voy a una tienda de ropa las dependientas me dicen que no creen que haya de mi talla sin habérmela preguntado...

Esta mañana me levanté agotado. Duermo mal, y no puedo decir que últimamente. Ya no recuerdo cuándo dormí la última noche de un tirón. Hice una concesión a la comodidad. Vaqueros, una camisa amplia de manga corta y unas zapatillas de deporte. Algo habitual en gran parte de la población masculina cuarentona. No en mí, pero bien está. De esta guisa me presenté en el trabajo.

Hasta que me choqué con mi imagen en un escaparate. Ese ser insensble que me acecha al otro lado de los espejos se rió a carcajada limpia. "Enhorabuena, hoy te has vestido de gordo". La opinión era despiadada, pero cierta, por todos los demonios. El caso es que, por mal que cayera la crítica, no podía obviar que era una crítica acertada. Volví a casa y me coloqué la ropa habitual. Más calurosa y menos cómoda, pero me negaba a claudicar. No era una concesión a la comodidad: era una concesión a la obesidad. Y me he negado
Sabes que nunca me ha obsesionado el físico, y me parece muy bien que haya quien esté peor que yo y no le importe. Pero a mí sí que me importa. Empiezo hoy mismo. No te prometo que marcaré abdominales dentro de unos meses, pero te prometo que voy a intentarlo.


Tags: Un poco de mi

Publicado por Antonio.Arevalo @ 19:43
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