lunes, 25 de mayo de 2009

Bajar del coche se convierte en toda una odisea. El leve movimiento de sacar las piernas al mundo exterior cuesta tanto como conquistar un nuevo mundo. Cierro con el mando a distancia. Cuando me encuentro a cinco metros me vuelvo y compruebo si lo he cerrado realmente. El coche protesta con un chillido doble de los intermitentes. Encaro la cuesta arriba que conduce a casa. Cada paso es más duro que el anterior, las piernas pesan como una condena e, imperceptiblemente, voy retardando el ritmo. Al introducir finalmente la llave en la cerradura me atenaza la espalda un peso de siglos, de eones. Empujo la puerta. Desde el fondo del pasillo se aproxima en un vuelo gozoso la negra silueta de Viriato. ¿Por qué te alegras de verme? ¿Cómo es posible que haya siquiera aprendido a tenerme cariño, si últimamente apenas me ves? Pero el galgo brinca a mi alrededor, me lame la mano, se adelanta corriendo y me espera en el sofá. Me derrumbo en el asiento, y Viriato me acerca una pelota de tenis meneando el rabo, dejándola a mis pies. La cojo y la lanzo sin demasiada convicción. Vuela tras ella pero comprende que algo no anda bien. Se tmba a mi lado y apoya su cabeza en mi muslo, mirándome con sus ojos profundamente oscuros ribeteados de blanco, interrogándome en silencio ¿A qué vienen esos ojos húmedos? Le paso la mano por la cabeza mientras las lágrimas corren por mis mejillas. Sujeto su rostro noble entre mis manos y lo abrazo, mientras él se deja hacer.
Me dirijo a la ducha, donde quitarse la ropa es otra agonía. Me suelto el pelo y descubro una mata más de canas. Las ojeras no pueden atribuirse a la iluminación, y las arrugas han llegado para quedarse. Me miro en el espejo, con un perfil que es el doble del que debería ser. No importa que intente convencerme de que la culpa la tuvo el tobillo destrozado, que rompió no sólo ligamentos sino, quizás más importante, la difícil tregua que mantenía con la obesidad. La mala bestia que habita el fondo de mi espejo es inmisericorde. Mírate, me ordena. No importa las vueltas que le des. Eres un cuarentón melenudo obeso. Los sueño fueron sueños. Y no tuviste el valor, ni la capacidad, ni la suerte de hacerlos realidad. No hay un día glorioso para los que son como tú.
Y Viriato rasca la puerta del baño, nervioso. Abro y entra. Olisquea y se sienta junto a mí. Y me mira con sus ojos profundamenta oscuros ribeteados de blanco. Y a veces creo que me entiende.


Tags: Socorroooo

Publicado por Desconocido @ 21:48
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