Yo crecí, literalmente, entre libros. Mi padre poseía una maravillosa biblioteca, y los libros llenaban muchas de mis horas infantiles. Solía repasar un diccionario enciclopédico de Espasa, ilustrado con dibujos de línea. Horas y horas, leyendo palabras que, insensiblemente, iban calando...
Desde muy niño Salgari era mi compañero de juegos. De él aprendí que incuso los filibusteros, los corsarios, los piratas, tenían un código de honor. Existían en aquellos años unos maravillosos cómics... unos maravillosos tebeos, de Editorial Bruguera: Joyas Literarias Juveniles. Y así conocí nombres que acabaron siendo tan familiares como los de los niños con los que compartía otros juegos: Verne, Karl May, Sabatini, Ascott...
Incluso en aquella temprana relación el respeto por el libro fue siempre absoluto. Los libros se estropeaban, se les caían las hojas, se descuadernaban... pero no era nunca premeditado. Eran accidentes. Jamás se me ocurrió pintarrajear un libro o arrancarle una hoja a propósito. Ni siquiera de niño.
Los libros me conformaron en gran medida. Yo no sería lo que soy si no fuera lector. Me han enseñado, me han consolado, me han divertido. Me han hecho. Siempre fui consciente de su importancia y mis hogares fueron siempre su santuario. Nunca me han defraudado.
En sus páginas, de papel o electrónicas, tanto da, me sumerjo siempre que puedo y de ellas, a qué negarlo, me cuesta casi siempre salir. De entre todos los vicios que conozco, poco tan comprensibles para mí como el vicio por la lectura.
Feliz día del libro.
Tags: Un poco de mí