Creo que no se lo había contado nunca a nadie. Y no es que tuviera mayor importancia. Es un capítulo insignificante en una vida que tuvo docenas de episodios similares. Pero, por lo que fuera, lo he mantenido hasta ahora escondido.
Yo estudiaba por aquel entonces lo que era 4º de Educación General Básica en el Colegio de Los Llanos. Tendría ¿diez años? Más o menos. El caso es que era la víspera del día de San José de Calasanz, que era festivo por ser el patrón de los maestros. Aquel año se realizó una actividad especial. Los alumnos de los cursos superiores se enfrentaron a algunos de esos maestros que conmemoraban a su patrón en un partido de fútbol. El suceso causó entre los alumnos una expectación inusitada...
Las distintas clases salimos en busca de un lugar de privilegio alrededor de la pista de arriba, la que no tenía canastas de baloncesto sino dos porterías de fútbol-sala. Yo salí, como es lógico, con los de mi clase, pero una vez allí fuera divisé a un amigo de mi calle. Dos años mayor que yo. Estaba sentado, con sus compañeros de clase, en los altos poyetes de bloques de granito que sostenían la alambrada del recinto del colegio. Ni lo dudé. Dejé a mis compañeros y me dirigí a él. Ni siquiera me miró. Cuando intenté subirme y sentarme junto a él me espetó un seco "aquí no te sientes".
Como cualquier chaval de aquella edad no quería reconocer que aquello me había dolido. Me limité a colocar mi brazo derecho en el único hueco que me dejaron y repuse "sólo quiero apoyar el brazo". Por toda contestación comenzó a pisarlo lentamente, girando el pie a un lado y a otro,hasta que me fui.
Como cualquir chaval de aquella edad entendía que no cabía volver con los compañeros de clase. Deambulé alrededor del campo como un perro apaleado. Finalmente me senté tras una de las porterías, agarrado a la red. Hasta que uno de los maestros, precisamente el mío, Don Ricardo, metió un gol y estampó el balón cerca de mi cara. Lo suficientemente cerca como para que me golpearan las mallas, pero no lo suficiente como para que se preocuparan por mí... y menos en la celebración de un gol.
No recuerdo que pasó después, ni el resultado del partido. Recuerdo, eso sí, que no lo hablé luego en la calle con mi amigo. Yo era un niño solitario, enclenque, sin hermanos varones que me defendieran. Bastante tenía que agradecer con que no la tomaran conmigo... todos los días.
Aún hay muchos días en que me siento así, deambulando de un lado a otro, sin pertenecer del todo a ningún grupo. Y sin ningún grupo que esté dispuesto a abrirme sus puertas. Y sigo sintiéndome como aquel día...
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