Desengañémonos. Por mucha fe que tengamos en el género humano es necesario reconocer, aunque cueste, que existe gente miserable que disfruta con la miseria ajena. No me refiero a aquellos que puedan sacar un provecho de la misma, que al fin y al cabo tienen una justificación. Me refiero, más bien, a esas aves de mal agüero, personas (es una manera de hablar) amargadas a las que, simplemente, les molesta ver una sonrisa en cara ajena.
Nunca he creído que haya gente mala por naturaleza. Pero creo que este grupo se acerca mucho. Son esos que cuando nos ven con un helado nos recuerdan lo que engorda, y lo gordos que estamos, claro. Podríamos pensar que son defensores de la vida sana, pero si nos ven en el gimnasio nos dirán que no merece la pena, que vamos a tener un montón de agujetas y que, después de todo, el esfuerzo va a ser inmenso y, quizás, no recompensado.
En los triunfos romanos, colocado inmediatamente detrás del general victorioso, y sujetando sobre él la corona de laurel, un sirviente le repetía al oído "recuerda que eres mortal". No se trataba aquí de amargarle el momento, sino de que no se le subiera a la cabeza.
Estos individuos nos recuerdan sólo nuestras miserias, pero nunca las alegrías que, aunque sea por error, a veces nos entrega el cartero de la vida. Lo más curioso es que, si se les observa, casi nunca sonríen. Cabe deducir, pues, que son gente generosa: están llenos de amargura y quieren compartirla con los demás, sin aceptar a cambio ni un ápice de nuestra alegría.
Tags: Reflexiones