jueves, 19 de marzo de 2009

Dicen que la auténtica patria de cada persona es su infancia. Si es así, y es tan hermoso que quizás sea cierto, he hecho hoy un pequeño viaje a mi patria.

Por cuestiones de trabajo he tenido que visitar mi colegio, el viejo colegio de Los Llanos. Aquello era mucho más que un edificio. Era una manera de entender la vida, el escenario del primer acto de una tragicomedia que aún represento. El colegio, bien es cierto, no está en buenas condiciones. De hecho era la razón por la que me encontraba allí. Pero no importaba demasiado. Mientras detallaban cerca de mí las deficiencias del inmueble y su falta de seguridad yo estaba perdido en mis propios recuerdos. Junto a la pista cubierta la barandilla metálica sigue siendo la misma, aquella barra de rojo inglés bastante oxidada. Me recordé corriendo junto a aquellos terraplenes que hoy suponen una amenaza.
El colegio parece haber menguado, ya que no soy consciente de ser mayor. En cada rincón, en cada pared, en cada recodo se encontraba agazapado un recuerdo feliz. No abundan, así que los exprimí todo lo que pude.
Gritos, carreras, empujones, alguna pelea, mañanas de lluvia con el agua tras los cristales, rodillas heridas, balonazos... ni uno de esos recuerdos, esas joyas que yo creía perdidas, faltó a la cita.
Me agaché en una umbría del patio de recreo... y aún recordaba, treinta años después, la conformación del suelo, los regajos, cada piedra... era un conocimiento vital para jugar a las canicas. Un niño pasaba mucho tiempo tirado en el suelo en aquellos años...
Es cierto que mi viejo colegio se asemeja a un enorme animal herido... pero yo me quedo con su sonrisa pícara y cómplice, porque sigue siendo el mismo. Sólo necesita unos pocos mimos.
No soy consciente, no puedo serlo, en realidad, de lo que esta escuela puso en lo que ahora soy. Pero me he alegrado de volver.


Tags: Recuerdos

Publicado por Antonio.Arevalo @ 20:07
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