Cada vez estoy más convencido de que la búsqueda de la justicia es una de las búsquedas más absurdas y con posibilidades de fracaso que un ser humano puede emprender. No me refiero a la justicia legal, a la consecución de una pena acorde a un determinado delito. Me refiero a la otra justicia, la cotidiana, la de las pequeñas cosas, la de reconocer al panadero que su pan nos sabe a gloria, al camarero que su sonrisa nos alegra el desayuno, a muchos otros que su sola presencia nos impulsa a seguir adelante.
Entre los agradecimientos que no damos ni recibimos porque se dan por supuestos, los que no damos ni recibimos porque para eso pagamos o nos pagan, y los que no damos ni recibimos porque no tenemos el día para tonterías, nos quedamos, me temo, en cuadro.
Tengo que reconocer que me senté ante el teclado con la, sin duda sana, intención de desahogarme. Porque es uno de esos días en los que, cuando pides justicia, también estás pidiendo venganza (justa, pero venganza al fin y al cabo). Porque detesto al que se arroga méritos de otros, y detesto aún más al que pudo ayudar a alguien y no lo hizo. Por todo esto y por un millón de pequeños dolores más me senté hoy ante el teclado...
Y, porque te sé ahí, leyendo, quizás con una leve mueca de preocupación, es de justicia que cambie el tono. Es de justicia que te agradezca que sigas ahí, cuando escribo y cuando no lo hago, cuando alabo y cuando despotrico. Sin ti nada de esto tendría demasiado sentido. Quizás sin ti yo no tenga demasiado sentido.
Habrá días para quejarse por lo malo que es el mundo. Hoy es día de alegrarse de que estés ahí, siempre. Desde el fondo de mi corazón, gracias.
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