miércoles, 04 de marzo de 2009

Mi galgo negro duerme conmigo. Cuando nos retiramos a la cama, en busca de ese descanso no sé si merecido pero sin duda imprescindible, no importa lo cansado que yo esté. No importa que quiera leer algo. No importa el humor del que me encuentre. Viriato, ese rayo de terciopelo negro rematado en leves toques blancos, impone su ley. Exige su rato de juego. Corre arriba y abajo por la cama, me salta a la cara, me acecha tras cada pliegue de la colcha y me da caza. Se mete luego bajo las mantas, busca el calor de la piel del muslo y allí se queda, unas veces acurrucado y otras estirado cuan largo es. Finalmente, rendido también al cansancio, se desliza hasta que su cabeza queda junto a la mía. Suelta entonces un bufido satisfecho y se entrega al sueño.

Déjame, te lo ruego, que a través de estas cartas yo haga como el pequeño Viriato. Déjame que tenga mi rato de juego, que me oculte, misterioso, que cace con una ironía, que muerda con un sarcasmo. Déjame que corra y salte por mis experiencias y las tuyas, que me revuelque en la tristeza y ladre a la soledad. Déjame que busque el calor humano, ora hecho un ovillo indefenso, ora estirazándome despreocupado. Déjame reposar finalmente mi cansada cabeza junto a la tuya en busca del descanso con un suspiro de satisfacción. Y seré, como intuyo que lo es mi galgo negro, dichoso...


Tags: Una petición

Publicado por Antonio.Arevalo @ 19:17
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