El fin de semana ha sido ciertamente memorable. Sin ironías. Podría colmar las expectativas de casi cualquier persona. Un trabajo bien hecho, unas críticas magníficas, la satisfacción del deber cumplido, muy buenas noticias en el entorno familiar... realmente unos días en los que habría que indagar con lupa para encontrar un motivo, siquiera tenue, para el descontento , incluso, el desánimo.
Y, sin embargo, de nuevo me visita la tristeza, dejándome caer su pesado manto por encima. No sé, ciertamente, si es la contra sistemática del inconformista. En cualquier caso me resulta una actitud estúpida. Siempre he odiado al rebelde sistemático, al contreras porque sí. Mi vida no es precisamente un pozo de satisfacciones. ¿Por qué, entonces, cuando llegan les cierro la puerta?
Alguien me comentó que me negaba a mí mismo el derecho a ser feliz. Rechazé la idea por absurda. Era, simplemente, que las circunstancias no eran las propicias para sentirse dichoso. Mentira. Estos días me han demostrado lo contrario. Ha sido un período casi químicamente puro de buenas vibraciones.
Ni aún así...
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