martes, 17 de febrero de 2009

Lo primero que sintió Sultán fue una caricia suave y firme sobre su cabeza y lomo. Se desperezó, estiró cada uno de los músculos de su cuerpo. Se sentía muy a gusto. Cuando abrió sus ojitos vio un galgo blanco como la nieve, que a sus ojos de cachorro parecía enorme. El galgo le lamía todo el cuerpo. Sultán recordó, de una forma muy vaga, que su madre solía hacer lo mismo.
Se sentó y el inmenso galgo blanco le miró con ojos de sabiduría.
-Bienvenido Sultán. ¿Cómo te encuentras?
Hacía mucho tiempo que Sultán no hablaba. Los amos se expresaban de forma incomprensible y él nunca pudo hacerse entender.
-¿Quién eres tú?
El galgo blanco se sentó frente a él y le acarició la mejilla con su hocico cálido.
-Mi nombre es Aquiles.
Sultán miró alrededor, una enorme explanada verde hasta donde alcanzaba la vista. Aquí y allá correteaban pequeños Yorkshire, enormes dogos, sublimes galgos...
-¿Qué es este lugar?
Aquiles se levantó y le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Cada paso de aquel gigantesco animal suponía varios del pequeño Sultán. Pero, curiosamente, no parecía costarle esfuerzo ninguno.
-Los perros vienen aquí tras su paso por la tierra. Algunos vienen cargados con el amor de sus antiguos dueños. Aquí se reencuentran con ellos llegado el momento.
En ese momento Sultán vio, bajo una copuda encina, a un anciano que se enfrascaba en un libro, con la espalda apoyada en el tronco. Junto a él un mastín infinito apoyaba la cabeza en el regazo del lector...
-Otros no han tenido tanta suerte. Sus amos no les quisieron... o no supieron quererles. A todos esos se les da una nueva oportunidad aquí. Aquí encontrarán el amo que merecieron...
Sultán miraba extasiado a uno y otro lado.
-Entonces ¿todos los perros merecen un buen amo?
Aquiles se detuvo. Sultán miraba desde abajo su perfil majestuoso. El galgo se volvió lentamente.
-Sultán, mi querido Sultán. Mira a los ojos de cualquier perro... Si miras bien, si eres capaz de ver más allá de esas profundas ventanas... verás que todos los perros fueron antes almas nobles. Sólo esas almas toman forma canina.
Sultán miró, sobre una pequeña colina, un pastor alemán que se erguía, espléndido, mientras lanzaba un sonoro ladrido. Un chavalillo llegaba corriendo hasta donde estaba el can. Aquel soberbio animal movío la cabeza hasta que consiguió colocar la mano del niño sobre su cabeza.
Aquiles volvió a lamerle el lomo.
-Algunos hombres miran a un perro y ven sólo a un animal. Otros hombres recuerdan. Ven en sus ojos el reflejo de ese alma noble. Y ven en el perro a un igual.
Sultán se sentía muy bien. Los pequeños amos y aquella luz que se le avalanzó eran un mal recuerdo que fue rápidamente rechazado. Jugueteando por aquella inmensa pradera aquella bolita blanca de pelo recordó quién era y quién fue.
Nada menos que un perro... un alma noble.


Tags: Reflexiones

Publicado por Antonio.Arevalo @ 13:21
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios