martes, 17 de febrero de 2009

Condujo un buen puñado de kilómetros. No quería que Sultán pudiera encontrar el camino de regreso. Apartó el vehículo en uno de esos salientes que tienen las autovías y puso las luces de emergencia. Se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del vehículo...

Sultán lo seguía con la mirada. Se había incorporado en el asiento, con las manos apoyadas en el salpicadero. Andrés abrió la puerta del copiloto y lo sacó con cuidado. El animal comenzó a lamerle las manos. Por un momento Andrés dudó. Los ojos se le humedecieron (¿desde hacía cuánto no le había pasado eso?). Miró los ojos profundamente negros de aquel perrito, la única criatura por la que realmente había sentido cierta ternura en los últimos años...

Lo deposíto en el suelo y lo empujó suavemente en dirección contraria a la carretera. Le acarició la cabeza.

-Anda, vete para el campo, que allí encontrarás algo para comer. No cruces la carretera.

Sultán se quedó sentado junto al arcén mientras Andrés aceleraba en medio del olor a goma quemada. Los labios le temblaban y los ojos le escocían. Pero aquello eran problemas, y el no solucionaba los problemas. Puso la radio muy alta, para que la música distorsionada no le dejara oir siquiera sus propios pensamientos.

Sultán se quedó allí horas y horas. No era raro que lo dejaran solo. Hacía tiempo que ni Martita ni Jorge querían jugar con él. Pero se hizo de noche y aún no le habían dado de comer. Ni siquiera había aparecido el amo grande, el único que le acariciaba. El perro empezó a preguntarse si no estaría en un lugar equivocado. Porque el amo grande siempre tenía unas palabras para él cuando abría la puerta. Se decidió por fin a cruzar aquel camino gris que tenía delante. Había visto pasar muchos animales grandes, haciendo mucho ruido. Animales como ese en el que había venido él acompañando al amo grande... pero al ponerse el sol esos animales se habían transformado en luces, luces que pasaban a toda velocidad. Sultán recordaba que los amos estaban siempre donde estaba la luz. Y cruzó. Una de aquellas luces se avalanzó sobre él... y no sintió nada.

Ni siquiera se veían las huellas de un frenazo. Sólo una bolita blanca de pelo al lado de la carretera...


Tags: Reflexiones

Publicado por Antonio.Arevalo @ 13:00
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