Por encima de todo Andrés era un hombre práctico. Le gustaba la tranquilidad, el equilibrio. Se sentía seguro con la rutina. Algunas veces se había sorprendido mirando a María José y preguntándose qué era, en realidad, lo que le había impulsado a casarse con ella. Sabía, ciertamente, que no estaba enamorado, y se preguntaba si alguna vez lo había estado. Si se paraba a meditar llegaba casi a la conclusión de que eso, el casarse, era una casilla que había que rellenar. Encontró a María José, empezaron a salir, se llevaban bien y, pasado un tiempo, se casaron. Un problema resuelto. Pero esta conclusión le desasosegaba, por lo que se empeñaba en no meterse en ese círculo vicioso de pensamientos...
Luego estaba el tema de los niños. Una suerte que al primer intento se lograra la parejita. Y se acabó. No más sorpresas. Otra casilla rellena. La suya no era una vida heroica, ni lo pretendía. Tenía un trabajo gris, una casa a la que volver y una familia. Nada le llenaba en exceso, pero nunca lo había pretendido. Sólo quería llegar al hogar, preguntar mecánicamente qué tal había ido el día, ponerse las zapatillas y ver la tele...
Incluso el tema del perro se había desencadenado por no oir a los niños. En algún sitio había oído que era bueno que los niños se responsabilizaran. No había sido una buena idea. O quizás no era aún el momento.
Sea como fuere, aquella bolita de pelo blanco que le miraba desde el asiento del copiloto con ojos llenos de confianza se había convertido en un problema. Andrés no era hombre que solucionara los problemas: los evitaba o se deshacía de ellos.
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