Cuando Andrés llegó a casa sintió una sensación rara. Sultán le estaba esperando, como siempre, meneando el rabito y, con él, casi todo el cuerpo. Andrés se había acostumbrado en aquellos dos meses escasos a encontrar a aquella bola de pelo blanco nada más entrar en casa. Estaba acariciándole la cabeza cuando apareció María José.
-Ven un momento, anda, que vas a ver lo que ha hecho el perrito.
Andrés sintió como una mano fría que le apreaba el estómago. Siguió a su mujer, y Sultán los siguió a ambos. Ya en la habitación de Jorge encontró a su hijo jugando con la Play-Station, con los ojos enrojecidos de haber llorado.
-¿Qué ha pasado?
-Que el perro me ha hecho polvo el libro que me regaló la tía Ágata.
Sultán se acercó a Jorge y se empinó conra su pierna. Como un acto instintivo de puro odio el niño le propinó una tremenda patada que dio con el cachorro contra la pared. Sultán se escondió detrás de Andrés, profiriendo un grito lastimero.
Andrés no supo cómo reaccionar. Jorge seguía con la mirada fija en la pantalla, el gesto hosco. María José miraba a Andrés con cara de "ya te lo dije". La voz de Martita se oyó en la puerta de la habitación.
-Y fíjate cómo me ha dejado a mí el uniforme del cole, que me ha castigado la seño...
Efectivamente, aquellos dientecillos como alfileres habían desgarrado el falso de la falda plisada de Martita.
-Y ahora ven, que te voy a enseñar los recuerdos que va dejando por el piso.
María José le llevó de habitación en habitación. Una, dos, tres... hasta cuatro heces malolientes se encontraban en distintos rincones del piso.
-Esto no puede seguir así. Tú verás qué haces pero ese bicho no puede seguir aquí.
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