Martita se había empeñado en tener un perrito. Jorge dijo que si su hermana tenía un perro él quería otro. Después de mucho aguantar la señora de la casa, María José, dejó muy claro que en todo caso un perro para los dos, que aquello no era el Arca de Noé, que era un piso poco más grande que los de protección oficial. A Andrés, la verdad, la discusión le resultaba ya muy cansina. Siempre sacaban a colación el tema cuando estaba sentado en el sofá, en mitad de un partido de la Champions.
Finalmente, poco antes de Navidad, un amigo proporcionó a Andrés un cachorrito, una mezcla de labrador y mastín, creía. Cuando Andrés cogió en sus brazos aquella bolita de pelo blanco decidió que sólo podía llamarse Sultán. Sultán se hizo un ovillito y se acurrucó contra su pecho.
Cuando Sultán llegó a la casa fue una auténtica fiesta. Martita se empeñaba en tenerlo todo el día cogido. Jorge le tiraba contínuamente una pelota, pero Sultán se le quedaba mirando y acababa mordisqueando sus zapatillas. María José, la voz de la razón, llevaba a rajatabla el horario de vacunaciones, las pastillas antiparásitos. Tenía señalado en el calendario la fecha en la que habría que ponerle el chip, entre tres y cuatro meses. Andrés llegaba demasiado cansado del trabajo como para ocuparse de nada. Para eso estaba su mujer, claro, así lo habían educado. Pero, con todo, le había cojido gustillo a eso de ver el partido de la tele con Sultán en su regazo, acariciándolo con lentitud con una mano y una lata de cerveza en la otra. Aquella bolita de pelo le hacía descubrir una ternura que no recordaba haber sentido nunca...
El tiempo iba pasando y Sultán iba creciendo. María José se hartaba por días de recoger las caquitas del perro por todos los rincones del piso. Jorge había cogido un berrinche porque Sultán le había roto su tebeo favorito. Le pegó una patada y lo tuvo encerrado a oscuras toda la tarde en el trastero. Llegó el buen tiempo, y Martita ya no disfrutaba tanto cogiendo al cachorro en brazos. Prefería juntarse con sus amigas y salir con los patines por el parque.
Pero Sultán seguía moviendo su rabo cuando Andrés aparecía por la puerta del piso, antes incluso, cuando oía las llaves al otro lado de la puerta. Lo primero que hacía Andrés al llegar era acariciar a Sultán... lo segundo oir las quejas de María José a propósito de mordiscos, deposiciones y desperfectos...
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