Hoy me siento terriblemente desesperanzado sobre todo lo que se supone que significa justicia, civilización y derecho. Tengo perfectamente asumido que cualquier caravana avanza al ritmo de su viajero más lento. Hoy, al menos hoy, estoy convencido de que la sociedad avanza según la ley de su integrante más salvaje.
Entrega dinero a los aparcacoches, porque quizás acabes, si no lo haces, como ese cordobés que se le escapó la vida por una puñalada delante de su mujer y sus hijos. No discutas sobre quien tiene la preferencia al entrar en una calle con miembros de una minoría, porque se pueden poner violentos y la cosa acabar como el rosario de la aurora. No te quejes de negligencias médicas, de asesinos que tendrían que estar encarcelados y vuelven a matar, porque están en la calle por un descuido judicial (tanto trabajo, al fin y al cabo), ni te quejes de brutalidad policial. Porque por encima de la justicia está un mal entendio corporativismo y... quien sabe que necesitarás de ellos pasado mañana. No importa que como cristiano tengas que aguantar miles y miles de ataques de islamistas radicales, no se te ocurre ni siquiera poner en tela de juicio la suprema justicia de una masacre de inocentes, porque ya sabes lo que puede pasar.
No importa el arte, la belleza, la integridad. Seguimos, todos, siendo niños perdidos en un inmenso patio de colegio a merced de los brutos que tienen más fuerza que nosotros. Y no podemos acudir a los profesores porque nos caerá otra paliza. Ellos sólo reciben cuando, por error, golpean a quien no deben, al hijo, al hermano, al conocido de otro más bruto, más poderoso... lo que sigue siendo la misma ley.
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