Creo que uno de los sentimientos más terribles a los que debe enfrentarse el ser humano es sentirse vulnerable. Doy por sentado que todos sabemos que somos vulnerables, pero no nos sentimos vulnerables a diario.
Tal y como te decía en mi anterior carta tuve un mal paso hace unos días. Independientemente del dolor, de la molestia, del engorro para mí y para los que me rodean, el accidente ha tenido graves consecuencias. Mi sensación de seguridad, ya de por sí tambaleante, ha sufrido un serio revés. Caido en el suelo, como una tortuga panza arriba, pasaron muchas cosas ante mis ojos. Curiosamente no fue el pasado (lo que hubiera resultado una escena ciertamente muy dramática pero también muy manida), sino el futuro. Más bien los proyectos de futuro que se podrían haber ido sin demasiados problemas a dormir el sueño (eterno) de los justos. Porque, seamos sinceros, uno tiene ya una edad y un golpe en la cabeza te lo das muy fácilmente. Y no me apetece, ahora mismo, emprender un viaje de ida al otro barrio.
No ahora. Demasiados proyectos empezados. Y que conste que también soy consciente de que al azar, al destino, al hado... o al hada, le importará muy poco, llegado el caso, el montón de cuentas pendientes que yo tenga o deje de tener.
Mirándolo por el lado bueno (sí, ya sé que es una expresión que en mí suena irónica, pero lo digo con la mejor de las intenciones) el accidente ha provocado cierta... digamos celeridad a la hora de completar proyectos.
Lo que, por otra parte, me provoca un considerable agobio al constatar la cantidad (absolutamente indecente) de trabajos comenzados. Estoy pensando seriamente que tendré que empezar a cuidarme... porque si no vivo muchos años no creo que llegue ni siquiera a completar lo ya empezado.
En resumidas cuentas, que por muchos accidentes sigo siendo yo, lo que, sin ser intrínsecamente bueno, no tiene por qué ser malo.
Supongo...
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