martes, 13 de enero de 2009

Tengo que reconocerte que jamás le he tenido aversión a los martes y trece... hasta hoy. Me levanté sin recordar siquiera el día que era (lo que no resulta extraño, hay muchos días en los que me cuesta hasta recordar quién soy). El optimismo duró aproximadamente veinte minutos. Iba yo en busca de mi coche (quedaría muy bien aquí añadir lo de "flamante" coche, pero dista mucho de estar flamante). Chaqueta, bufanda recién regalada al cuello, chaquetón, manos en los bolsillos... y en ese momento piso de mala manera el bordillo de la acera, el tobillo se me dobla hacia afuera y caigo todo lo largo (y ancho) que soy en el suelo. El optimismo aprovechó ese momento para ir a por tabaco y aún no ha vuelto.

A partir de ese momento el suceso empieza a adquirir tintes dramáticos (para mí, claro, supongo que cualquiera que lo viera desde fuera no le parecería tan grave). Estuve cinco minutos largos tirado en la acera sin poder levantarme, sin que nadie pasara por la calle. La sensación de impotencia era como te la puedes imaginar. No sabía si hacer una heroicidad y ponerme en pie (como hacer esa heroicidad era otro asunto bien distinto) o llamar con el móvil (¿pero a quién llamas en ese trance?, imagina el circo "oye ¿vienes a echarme una mano que estoy desparramado en el suelo en esta dirección?"). Finalmente me puse en pie con mucho trabajo y más dolor. Bueno, ahora sólo quedaba llegar al coche. Veinte metros escasos. Veinte metros. Veinte metros larguísimos, eternos, brutales. Mal que bien llego a Casa Kiko. Ponme un café. Mal andas. Acabo de caerme. ¿Cuándo? Ahora mismo. En ese momento empecé a ponerme muy malito. Mucho. Saqué el móvil como pude y con voz de ultratumba llamé a César. Tío, ven a llevarme al Hospital que me ha pasado esto. Cuando llegó mi cara hacía juego con la pared (que es de color blanco).

De verdad que no lloraba porque me daba vergüenza. No era el dolor (ya de por sí notable, por cierto). Era la sensación de impotencia, de no ser nada, de no poder valerme ni para llevar el café a la mesa... las connotaciones filosóficas y existenciales de una experiencia así pueden ser importantes. Pero permíteme que las aplace hasta mañana. Voy a buscar un Nolotl.


Tags: Socorroooo

Publicado por Antonio.Arevalo @ 23:02
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