Siempre he tenido una enorme ansia de conocimiento. De niño solía coger los enormes tomos encuadernados en rojo del diccionario enciclopédico que había en casa y me dedicaba a repasarlos. Que conste que también era asíduo devorador de Mortadelo, El Capitán Trueno, Jabato, y, sobre todo de las Joyas Literarias Juveniles que editaba Bruguera.
Sentía fascinación por recorrer libros nuevos como el que recorría caminos nuevos, descubriendo en cada recodo de sus páginas un nuevo punto de vista que me abría infinitos horizontes.
Durante muchos años sentí vergüenza de esta adicción. La disfrazaba de "información para un trabajo" o algo similar. Durante muchos años engañaba a los demás y a mí mismo con la excusa de que "quizás esto me sirva para algo que escriba".
Pero llegó el día en que, libre de muchas cosas, tuve que admitir sin tapujos tan execrable vicio. Me gustaba el conocimiento, el saber por el mero hecho de saber, devorar un libro tras otro, sin esperanza alguna de que la sabiduría que robaba en las páginas tuviera otra utilidad que, quizás, ganar al Trivial Pursuit. Fue una auténtica catarsis. Podía ir por la calle leyendo un libro sobre los ejércitos de Iván el Terrible en inglés y llevar otro bajo el brazo con la poesía de Baudelaire en francés. Si me preguntaban lo decía abiertamente. Sin jactarme, pero sin esconderme. Tuve que soportar, bien es cierto, más de un comentario tipo "tú estás como una cabra". Quizás hasta tengan razón.
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