No sé si por aquello del sentimiento trágico de la vida que algunos parece que tenemos imbuído en el código genético, pero hasta hace realmente poco la Navidad me había parecido una fiesta vacía.
Los reclamos, las luces de colores, el vuelve a casa vuelve por Navidad, el calvo de la Lotería Nacional... me había parecido meros anzuelos publicitarios. Eso del espíritu navideño, del felices fiestas amigo, y que Dios te bendiga, el Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres, la Misa del Gallo y la Bendición Urbi et Orbi, me parecía con tanta consistencia real como la luz del Arco Iris.
Y te llamo la atención sobre el complemento circunstancial de tiempo del primer párrago: hasta hace realmente poco ...
Porque lo cierto es que me he descubierto emociónándome con la iluminación navideña de los centros de las grandes ciudades, con los ensayos de niños y niñas en portales vivientes, con las asociaciones de vecinos que organizan cursos para pintar el Belén. Se me ha subido el agua a los ojos al pensar en ese descorche de champán acompañado de un estentóreo "feliz Navidad". Se me ha hecho un nudo en la garganta al recordar esas cenas familiares sin ningún tipo de preocupación, dejando al mundo y sus problemas en la puerta. He sentido la emoción de un niño al ver como, un invierno más, el vendedor de libros se ha instalado en la Calle Real y me ha saludado como a un amigo.
No sé si seráj por la edad o porque este año voy a echar mucho de menos a mucha gente en la mesa (aunque sé que estarán, faltaría más). O quizás sea que tengo la sensación de que, a todos, nos ha nacido un niño... y eso es siempre una buena noticia. Estas Navidades son el punto de partida del resto de nuestra vida. Un abrazo enorme desde Argentina a Japón, desde Laponia a Nueva Zelanda. Un abrazo sincero desde este corazón que, a pesar de las cicatrices, aún se emociona.
Sé féliz, maldita sea, porque así yo lo seré también un poquito.
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