El día ha sido gélido. Por mucho que haya gente que diga que están acostumbrados a las temperaturas de Dakota del Norte hace frío. No logro concebir que ningún ser pensante crea que 3º a las doce del mediodía es un tiempo como para ir en manga corta (no digo que no lo crean y que sean tontos, ojo, es simplemente que me cuesta concebirlo, tal y como se señala dos líneas más arriba).
Encontrar camiones tremendamente cargados y que, por más que quieran, no pueden ir a una velocidad que yo (con demasiada prisa, lo admito) consideraría adecuada tampoco ayuda a definir lo que llamaríamos un buen día.
El trabajo me ha destrozado los pies y he suplicado por unos masajes en la planta de los mismos (incluso me he comprometido, que ya es comprometerse, a no reirme con las cosquillas). De vuelta a la base de operaciones toca hacer en tres horas lo que habitualmente hago en ocho.
Y sin embargo...
Hoy me vuelvo a casa con una sensación hasta placentera. Esa sensación que a veces nos hace sentir un poco estúpidos del deber cumplido más allá de lo poco que nos lo agradece la nómina. Hoy ha sido un día de mucho trabajo, pero de trabajo bien hecho (una satisfacción quizás muy proletaria, pero soy un currito al fin y al cabo). Ha sido un día de muchos encuentros... y sé que te sorprende que la frase no tenga un final amargo. Te juro por lo más sagrado que no pretendo ser sarcástico. Incluso las malas noticias que he recibido ( o que han creído darme) me han abierto puertas que, al fin y a la postre, pueden resultar interesantes.
Mañana será otro día y tendré más de un encontronazo pero hoy ¡qué diablos!, hoy voy a disfrutarlo.
Tags: Reflexiones