Una carretera no es, en modo alguno, un camino perfeccionado. Una carretera une A con B. Lo único que le pedimos es que una esos dos puntos de la manera más rápida, eficaz y segura. La carretera en sí es sólo un mal necesario para ir de un punto a otro.
El camino es distinto. El camino tiene algo de iniciático. El camino, por ejemplo, del Hato del Quinto de la Torre, o el camino de Las Minillas, o el camino viejo de La Morra, pasan por lugares, no sólo los unen. En el camino cada paso, cada recodo, es importante.
Hace falta, como en toda experiencia iniciática, la pertinente predisposición de espíritu. Es a esto a lo que me refería con esos lugares que pasan por nosotros sin dejar huella. Si la mera visión de un paisaje cambiara nuestra vida una sesión de Internet podría equivaler a la apertura de cientos de terceros ojos de la mente... eso sería, efectivamente, una necedad.
Hay momentos en los que sí, y momentos en los que, definitivamente, no. Hace unos días volví a la dinámica de los cientos de kilómetros de carretera. Procuro aliñarlos con buena música y disfrutar esas horas al volante. Ya sabes, si no haces lo que te gusta, procura al menos que te guste lo que haces... Después de días de intensas lluvias los grandes cúmulos de infinitos grises se negaban a irse del todo. El cielo era, simplemente, espectacular. En un momento dado, subiendo desde Córdoba hasta ese imponente toro de Osborne que vigila el vado del Guadalquivir desde lo alto de la Cuesta de la Pólvora, las nubes se abrieron e iluminaron un pequeño espacio de terreno, extraordinariamente verde. Fue un momento, un instante, pero yo lo ví. Yo estaba allí. No fue nada trascendente, pero dibujó una amplia sonrisa (tan difíciles ya) en mi cara, y me hizo respirar hondo, arrellanarme en el asiento y subir un poco la música de Chris Spheeris que sonaba. Y fui un poco más feliz.
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