No hace mucho me ví envuelto en una conversación sobre Disneyland París. Una conocida estaba ilusionadísima con un próximo viaje, por supuesto, con su hijita que aún no contaba dos años. Otra de las contertulias se empeñaba en razonar con ella, diciéndole que esperara un poco, que la niña no se iba a enterar de nada. "No te gastes", le dije " a la niña no le hace ilusión: es a la madre". A partir de ese punto todos comenzaron a hacer el listado, exhaustivo y pormenorizado, de los lugares a los que les encantaría ir: Venecia, Roma, Viena...
En ese momento comprendí que había algo que no marchaba bien. Por más que me esforzaba no podía encontrar ese lugar ideal al que me escaparía. Había muchos sitios, por supuesto, a los que me apetecía ir. Pero ninguno era ese-lugar-especial.
He visitado a lo largo de mi vida parajes absolutamente maravillosos. De la mayoría no guardo un recuerdo especial. Fueron, simplemente, lugares. Hermosos, sublimes, pero lugares. Mi vida siguió siendo la misma tras pasar por ellos.
Sin embargo, recuerdo momentos en rincones vulgares, incluso inmundos, que no cambiaría por nada, porque sería cambiarme.
Es difícil que un lugar marque cuando eres tu única compañía. Tú mismo y tus fantasmas.
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