El pasado fin de semana nos reunimos, más de una década después, los componentes del grupo al que yo pertenecía. Lo cierto es que nunca fuimos un grupo particularmente homogéneo, pero ahora, pasados los años, resulta sorprendente que, en alguna ocasión, estuviéramos juntos en el mismo barco. Un cuarentón, el resto treintañeros, dos padres, dos solterones, un empresario...
Amén de determinadas referencias a heridas que, aún, permanecen abiertas, la jornada transcurrió de manera más bien plácida. Incluso el embite del alcohol, ya a altas de la madrugada, se soportó de manera civilizada.
Sin embargo, por momentos fui consciente (dolorosamente consciente, porque este tipo de consciencia siempre causa dolor) de que, a pesar de todo lo que ahora nos separa, de nuestros caminos a menudo tan divergentes, aún existen resquicios en cada uno de nosotros que han cambiado realmente poco.
Ese pasado, que a veces añoro y del que a veces me arrepiento, aunque nunca niego, aparecía y desaparecía a lo largo de las conversaciones.
Hablábamos de reunirnos en Córdoba, en Granada, en Liverpool... pero me daba la impresión que donde realmente queríamos reunirnos era en la vieja chatarrería donde ensayábamos. Tal vez ahí, a pesar de todo y de todos, el péndulo de nuestras vidas alcanzó un equilibrio momentáneo antes de caer, definitivamente, en una edad adulta que no nos acogía con buena cara.
Amigos, hermanos míos:el que llegue primero al infierno... que vaya afinando
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