A la gente, en general, le molesta aquello que no puede etiquetarse. Los caminos, estiman, se hacen para ser seguidos. Las realidades para ser etiquetadas. Eso permite compilarlas, retenerlas en un compartimento estanco de nuestro cerebro y, por ende, de nuestra vida. Asumo que, en este sentido al menos, yo no lo pongo nada fácil. No es que sea raro pero, eso sí, soy complicado.
Hace algunos días (por fin) vio la luz un proyecto largamente trabajado. En el resultado final, básicamente pictórico, había también algo de poesía. Alguien reparó en la carpeta sobre la mesa. ¿Y esto? Un trabajo que acaban de entregarme de imprenta. Miró la firma.¿Son tuyos los dibujos?
La pregunta, a estas alturas, resultaba algo extraña. En cualquier caso denotaba a la legua que era una persona que me conocía muy poco. Me soltó un "están bastante bien" como quien se lo dice a un colegial... instantes después se dio cuenta del pequeño poema que aparecía en el trabajo. ¿De dónde lo has sacado? Directamente de la chistera. ¿Es tuyo?
La cara venía a decir algo así como el "no computable" de los ordenadores (computadoras más bien) de las viejas películas de ciencia ficción. Yo era el de la tele. Se podía transigir (¡qué remedio!) con el hecho de que también fuera el que pintara... pero ¿también el que escribía? ¿Cómo se etiqueta eso?
Con todo siempre aparece gente muy ingeniosa. "Eres un auténtico hombre del Renacimiento". La cara de satisfacción fue más o menos general. Sobre todo de mi anterior interlocutora. Ahora, al fin y al cabo, me había etiquetado. Una etiqueta que, a fuerza de querer decir mucho, no decía en realidad casi nada. Pero era una etiqueta, algo así como meter al ratoncito en una jaula, aunque fuera dialéctica.
Me había etiquetado y, creía, me había atrapado.
Antonio, tendrías que haberte traído la guitarra para echar unos cantes...
Y el ratón volvió a escaparse...
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