Ha sido un día miserable. Ya empezó mal. Los días que empiezan así tienen un amplio abanico de posibilidades de ir empeorando. Así ha sido. Hay cosas que no puedo controlar. Que me echen la bronca por algo así es, se me antoja, como echármela porque está amaneciendo...
Aprieto los dientes. No soluciona nada. Consigo a cambio, eso sí, un dolor de cabeza bastante notable. Algo es algo.
Media tarde organizando un dispositivo que se ha ido directamente por la taza del retrete por una torpeza que no ha sido nada. Vuelta a hacer de ADN de rana en Parque Jurásico: me toca rellenar los huecos que dejan los demás. No importa, a mandar, que para eso estamos...
Creo que la Constitución Española, el Tribunal de la Haya y la Declaración Universal de Derechos Humanos reconocen explícitamente el derecho al pataleo. En mi caso hacen gustosamente una excepción. No puedo quejarme. Si pasa todo esto es culpa mía porque lo permito (me alegro de no haber estado por Dallas cuando lo de Kennedy).
Hay veces en las que uno nota, de manera casi física, la efervescencia de la sangre, ese bullir como un puchero amenazando explosión.
Afortunadamente ella estaba allí. El cielo conservaba aún cierto rubor de color azafranado hacia Poniente. Pero ella reinaba sobre el Este, esplendorosa. Mi diosa Luna, colgada en un cielo que se resistía a ser noche. Giré por la carretera a mi derecha. El asfalto parecía dirigirse recto hacia ella, bordeado de álamos con hojas cada vez más amarillas. Me obligué a respirar más despacio. Miré en la guantera del coche. Yo tenía por aquí un disco de The Platters... aquí está.
Y me dejé llevar hacia la luna llena. Lentamente, como conducido por un remero fantasma. Me preguntaba si, en algún lugar, tú estarías mirando esa misma luna.
No, no compensó el día. Estaba ya muy estropeado.
Pero sembró en mi corazón la esperanza de que habrá otras carreteras que conduzcan a lunas llenas. Y, quizás, te encuentre mirándolas. Es una posibilidad. Es más de lo que tenía ayer...
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