He cumplido con la ancestral costumbre de visitar el cementerio en el Día de Todos los Santos. El cementerio de mi pueblo me ha parecido siempre un lugar especial. Nada más alejado de lo tétrico o lo siniestro. Las paredes blancas, algunos rincones realmente bellos, hacen de él un lugar en el que uno, realmente, esperar descansar...
He ido solo, con el abrigo abrochado, en una mañana en la que el sol se empeñaba sin demasiada convicción en imponerse a una enormes nubes blancas que, poco a poco, fueron ganando la partida y transformándose en oscuros presagios de lluvia.
Me paro frente a la lápida de la tumba de mis padres. Aún no tiene la foto. Tengo que sacar tiempo para pintarles el retrato que prometí. Los nombres grabados en piedra son más que nombres. A veces los imagino en su sueño dentro de esa bóveda ceñida... y he de esforzarme por aparcar rápidamente esa imagen.
Me despido e intento localizar otras tumbas, mi madrina, mi tío... Aquí y allá encuentro las imágenes de gentes que conocí, que traté, incluso algunas de personas a las que quise. En ese momento las piernas se vuelven más pesadas. Cada paso cuesta un mundo, como si los pies quisieran, ya, empezar a echar raíces en este lugar.
Encaro la amplia avenida tachonada de cipreses que conduce a la capilla, y me imagino en qué lugar me gustaría reposar, llegado el momento. Y soy consciente de que hay ya muchas voces que me llaman desde la otra orlla. Un coro que, a menudo, silencia lo que aún me retiene aquí.
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