Va siendo, me temo, absolutamente necesario parar por un tiempo. No digo que sería deseable. Digo que es imprescindible.
Esta mañana Kiko, el camarero que se empeña en ponerme un café salido del mismo corazón del infierno a pesar de que se lo pido con leche fría, me preguntaba que a qué venía esa cara de funeral. "¿Ha pasado algo?"
No. Ese es el problema. Que nunca pasa nada. Mi tendencia actual es la depresiva, la ensimismada, la introspectiva,... eso es inercia. Para conseguir ese empujoncito que vuelva a hacer andar el monopatín necesito que pase algo. Hubo un tiempo, tan lejano ya, en que yo mismo sostenía que la luz la llevabas contigo, que no hacía falta buscarla fuera.
Tal vez suceda con esa luz interior lo que a los hombres primitivos con el fuego. Había que cuidarlo, protegerlo, darle de comer hojas y ramitas secas para que no muriera. Porque si moría había que emprender largos viajes hasta encontrarlo de nuevo...
Es eso, sí. No cuidé mi propia luz, tan pendiente de la de otros, y acabó apagándose, o dejándome aburrida de que no le hiciera caso, es lo mismo. ¿Pero hacia dónde viajar a encontrar esa nueva luz que me ilumine?
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