lunes, 27 de octubre de 2008

Cuando una persona muere hay muchas cosas suyas que nos dejan. Su sonrisa, su voz, su olor. Su presencia, en suma. Cuando una persona que hemos querido nos deja, nos deja a cambio un vacío doloroso. Ese vacío puede llenarse, por supuesto, pero nunca, nunca es lo mismo. Hay un millón de pequeñas y grandes cosas que ya jamás volverán a ser iguales...

Y yo entiendo que lo que te voy a comentar pueda hacer alusión a una de las partes más canallas de nosotros mismos. Pero es que una de las partes donde más hecho de menos a mi madre es en la cocina. Entiéndeme bien. No me refiero a que ahora no coma, o que coma peor... es otra cosa.

Cada persona cocina de una manera distinta. La gastronomía tiene un poco de ciencia intuitiva y un mucho de arte. Cada mezcla de ingredientes, aunque no secreta, es personal e intrasferible. Una pizca de comino no es igual para ti que para mí.

Mi madre preparaba una ensaladilla irrepetible. Aún no he sabido identificar esa combinación que tanto me gustaba. Su arroz caldoso era (me parecía a mí al menos) sublime. Su tortilla de patatas era un monumento a la suavidad y, a la vez, a la contundencia.

He probado muchas recetas desde entonces. Muchas de ellas, sin duda, mejores que las que cocinaba mi madre. Pero como las suyas, ninguna. Esas se perdieron para siempre.


Tags: Recuerdos

Publicado por Desconocido @ 20:18
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Comentarios
Publicado por Invitado
lunes, 27 de octubre de 2008 | 20:50
Sí, en la vida encontramos unas personas inolvidables, unas personas únicas...