jueves, 16 de octubre de 2008

Soy un lunático. Lo admito. En el sentido habitual del término y también en el etimológico. Me afecta la luna sobremanera. La luna llena, en concreto, me eleva, me transporta, me transforma.

En esta época del año, cuando las lluvias son más o menos frecuentes, el cielo suele estar extraordinariamente límpido. Las lunas llenas presentan en estos meses una amplia variedad de ropajes. Pueden presentarse desnudas, en medio de un cielo gris metálico, con una luz sorprendentemente fría e intensa. Otras veces se presentan tras un tenue velo de nubes. Esas noche dibujan un sorprendente halo irisado en torno a su ojo redondo. Hay incluso noches en que tan sólo se intuyen, escondidas tras unas nubes desgarradas. Hasta que, de pronto, aparecen en medio de los rotos, espectacularmente luminosas, un auténtico alegato del poder de la luz...
La primera noche de esta luna noche se presentó en un cielo limpio y despejado. La tarde nos había proporcionado, a la caída del sol, el maravilloso espectáculo de un candilejo a Poniente, con una nubes oscuras iluminadas desde abajo por un sol que se resistía a irse. Unas nubes oscuras que descargaron una aparatosa tormenta. El sol finalmente se rindió, pero dejó su firma en un arco iris que se dibujó orgulloso en un cielo que era ya casi nocturno.
Pasó la tormenta y pasaron las nubes. Y el cielo empezó a tejerse en terciopelo. Una enorme luna llena se elevó, dueña y señora de la tierra tras la tempestad.
Y pasó ante mis ojos un fantasma de mi niñez. Unas pequeñas nubes desgarradas pasaron lentamente bajo la luna, iluminándose opalinas por el resplandor. Por un instante fugaz rebusqué aquella imagen en mi memoria. Pero no hizo falta esforzarse, vino prácticamente sola.
En aquel cuadro, en aquel cielo profundamente negro, con aquella inmensa luna iluminando el mundo con su luz fría, aquellos jirones de nubes deslizándose de una punta a la otra de la bóveda de terciopelo, sólo faltaban las siluetas de un par de pagodas y la imagen de unos juncos oscilando en los vaivenes de un río para ser uno de esos pequeños cuadritos chinos, tallados en imitación marfil, que tan habituales eran en los pasillos de las casas hace tantos, tantos años.
El cuadro estaba ante mí. Y me descubrí con una amplia sonrisa, recordando a un niño en el pasillo de una casa que se preguntaba si realmente en China las casas eran así.
No es normal que tope con algo que me haga sentir más joven. Pero creo que lo he aprovechado.


Tags: Recuerdos

Publicado por Antonio.Arevalo @ 20:32
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