Te descubres una mañana totalmente arrebujado en la sábana y la colcha. Esas mismas sábana y colcha que hace un puñado de días apartabas con fastidio. Ese abrazo cálido y ligero te resulta reconfortante. Y comprendes que el verano se ha ido.
La luz ha cambiado, tamizada a menudo por un velo de nubes. El aire es fresco, pero se hará gélido. Algunas mañanas, incluso, te sorprendes echando el vaho para comprobar si ya se ve...
La melancolía es la costumbre de la tristeza. Esa amiga se instala ahora junto a ti. Te agarra del brazo, se cuelga de tu alma. Te susurra al oído el eco de las ocasiones perdidas.
El tiempo invita a pasear tranquilo. Si en primavera el alma parecía salirse en cada inspiración en otoño todo parece arrinconarnos en ese rincón del corazón donde, dicen, siempre tenemos veinte años. Donde aún quedan recodos sin cicatrices. Donde aún podemos sentir dolor...
Y todo esto es aún más triste porque estás sólo, y porque el otoño viste de bronce las largas avenidas que sueñan con ser espejo...
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