martes, 23 de septiembre de 2008

Es una suerte que los cadáveres se parezcan tan poco a las personas que hemos amado. Casi desde el mismo momento de la muerte el rostro se transforma, y es pero no es el de nuestro ser querido. Casi desde el mismo momento de la muerte entendemos, aunque sólo sea por el palpable cambio físico, que aquello que amábamos ya no está... que se ha ido, o ha desaparecido, pero que, ciertamente, no será enterrado con la carne que tenemos delante.

Debe de ser terrible la contemplación del entierro de uno de esos cuerpos que, se dice, parecen dormidos. Debe ser un choque brutal ver encerrarse en el nicho el rostro que parece  contener aún un hálito de vida. No, mejor no.

Es preferible la separación emocional que nos depara ese rostro relajado, pálido, ese rostro que es pero no es el de nuestro ser querido.

Es entonces cuando comprendemos que la carne no es más que un envoltorio para lo que realmente somos, una cáscara que, un día terrible, queda vacía, como el capullo de una crisálida...

Me gustaría poder confiar en que, tras ese abandono, existe un algo, una vida mejor, un lugar de descanso...  la luz. Me gustaría poder confiar...


Tags: Reflexiones y amarguras

Publicado por Desconocido @ 17:37
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