domingo, 21 de septiembre de 2008

Mi padre ha muerto.
De él aprendí que es importante tener razones para andar con la cabeza muy alta que andar con la cabeza muy alta.
Es fácil sentirse orgulloso. Casi todos los impresentables se sienten orgullosos.
De mi padre aprendí que lo importante, lo vital, es tener razones para sentirse orgulloso. Levantarse cada día con la certeza de que, en justicia, nadie podrá echarnos nada en cara.
Porque habrá quien nos ataque.
Pero lo importante es que nosotros mismos sepamos que ese ataque es injusto. No importa cuantos dedos se alcen para acusarnos si estamos convencidos de que, por justicia, esos dedos bajarán.
De mi padre aprendí que lo mejor que pueden decir de uno es que es una persona buena.
De mi padre aprendí que es no es lo mismo que uno diga "qué bueno que soy" a que los demás digan "qué bueno que eres".
De mi padre aprendí que un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer, aunque siempre habrá alguien que malinterprete las razones o busque intereses ocultos.
De mi padre aprendí que hay que resistir cuando lo único que queda es la convicción de que hay que resistir. Que hay que aguantar, sin empecinarse, que hay que pedir perdón sin avergonzarse, que a veces hay que parar los pies y la lengua a más de uno, pero que siempre hay que tener la puerta de la reconciliación abierta.
De mi padre aprendí que hay que llorar, sí, pero mientras se trabaja.
Mi padre ha muerto... pero nunca del todo.


Tags: Mi propia historia

Publicado por Antonio.Arevalo @ 21:25
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios