No me gusta el verano. Ya te lo he comentado en otras ocasiones. No es una de esas frases como los que dicen que no les gusta la Navidad, porque es una fiesta prefabricada y un invento de las tiendas. Es un odio visceral. Es una incompatibilidad genética.
El verano no me gusta. Pero el otoño me produce terror. Tiene un aura de acontecimiento inevitable, de final de cuesta abajo, de qué se yo. El caso es que me veo, un año más, en el mismo sitio, a la misma hora, en idéntica situación y un año más viejo. Y ni siquiera puedo decir que un año más sabio.
Un año más de constatar que no me atrevo a hacer lo que debo hacer.
Un año de comprobar, por enésima vez, que nadie va a ayudarme si yo no me ayudo.
Un año más de redescubrir que los rivales están fuera, pero el enemigo está siempre dentro.
Un año más de darme cuenta que, si pongo la otra mejilla, lo único que consigo es que el abofeteador se rompa la muñeca practicando directos a mi mandíbula.
Un año más en el que asumo que los que me quieren lo van a seguir haciendo por mucho que haga y los que me odian exactamente igual.
Un año más preguntándome en dónde me equivoqué en el guión de mi vida para estar así.
Un año más quejándome y sin hacer nada.
Queda un año menos.
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