lunes, 11 de agosto de 2008

No soy muy dado a ver ceremonias inaugurales, vaya por delante. Se me hace muy cuesta arriba escuchar una miriada de veces a la locutora espetando la frase "¡qué maravilla!". Pero, por una serie de circunstancias, la de Beijing me la tragué casi entera.

Como sabes, soy un enamorado de (casi) todo lo oriental. Ya sea árabe, indio, chino o japonés. Eso ayudó, sin duda. Desde el principio, con esa cuenta atrás (la mejor manera de implicar al público es ponerlo a contar) y con ese montón de figurantes tocando el bo... la disciplina, la vistosidad, la espectacularidad. Y, sin embargo, el detalle, la sutileza (¡estoy hablando de sutileza en una ceremonia en la que todo se contaba por cientos o miles!), la belleza en suma. La verdad es que me enganchó desde el primer momento.

La puesta en escena fue deliciosa. Las bailarinas, con una encantandora sonrisa (esa sonrisa que sólo tienen las orientales), con un vestuario absolutamente magistral. La tecnología puesta al servicio de una escenografía memorable... y no al revés, como estamos tan acostumbrados.

Cuando conseguí cerrar la boca me deshice en alabanzas por los técnicos, los músicos, los encargados del vestuario... los hombres y mujeres que habían hecho posible tanta magia. Pero no podía evitar pensar que el que era un (o una) auténtico genio era quien había soñado semejante espectáculo, esa mente que se plantó en un despacho y dijo ¿por qué no hacemos esto?.

Cuando supe que esa mente privilegiada era la de Zhang Yimou entendí muchas cosas.


Tags: Olimpiadas

Publicado por Antonio.Arevalo @ 19:22
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios