Cada vez estoy más positivamente convencido de que estamos perdiendo de vista la realidad. Y no, no es que me esté dando cuenta ahora. Esta convicción peina canas desde hace años. Pero cada vez la encuentro más científicamente probada.
Veo en televisión que hoy mismo ha llegado un contingente del ejército español de una misión de paz en el Líbano. Han estado fuera de casa cuatro meses. Había que cumplir una misión y lo han hecho. Hay que lamentar la muerte de un compañero, muerto en accidente de tráfico. Pero, gracias a Dios, el cumplimiento de la misión ha sido razonablemente tranquilo.
Estos militares han estado fuera de casa cuatro meses. Han pasado sin la compañía de sus personas más queridas cuatro largos meses. Puedes imaginarte la escena cuando se oyó el reglamentario "rompan filas". Aquellos curtidos hombres y mujeres salieron corriendo a fundirse en un abrazo de estos que no se ven ni en el cine con sus familias. Esos abrazos que funden almas más que cuerpos...
Y, en medio de aquel buen rollo generalizado, una chica, supongo que hermana o hija de uno de los militares, se encuentran demasiado ocupada grabando con su móvil para devolver el abrazo. Entiendo perfectamente, y más por el medio en el que trabajo, que sea una imagen para la historia (de hecho ha salido en todos los telediarios). Pero no puedo asimilar que se cambien dos minutos de grabación por un abrazo de estos que crujen los costillares. Puestos a elegir recuerdos me quedo con el calor del abrazo antes que con la grabación. Creo que me daría más calor. Es que soy muy raro...
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