Muy cerca de donde las murallas de la Corduba romana se encontraban con el río Betis se alza un pequeño monumento de mármol y bronce. Se le ve enfrente justo de donde paran los coches de caballos que pasean a los turistas por esta Córdoba romana, sultana y cristiana. Por esta Corduba, Qurtuba, Córdoba eterna.
El monumento es muy simple. Cuatro columnas de mármol califales sostienen un pequeño tejadillo. Bajo el mismo un pedestal con dos manos de bronce, que parecen destinadas a entretejerse una con la otra. De manera casi instintiva intentamos reproducir la postura con nuestras propias manos. Es entonces cuando caemos en la cuenta de que se trata de dos manos derechas. De dos personas.
Oficialmente se trata de un monumento en honor de Ibn Zaydun. Un poeta cordobés, de aquella Córdoba que era aún el centro del Universo. Uno de los precursores de la poesía amorosa más romántica, dicho sea en el sentido más descriptivo, que no cronológico, del término. Es una poesía arrebatada y arrebatadora. Bellísima y tierna, pasional y descarnada.
Pero, en no menor medida, es también un monumento a Wallada, su amada y amante. La princesa Umayyad que desafió a aquella sociedad andalusí que empezaba a entrever los peligros del integrismo religioso que se avecinaba desde África. Wallada, la de piel de nácar y ojos de cielo, tan consciente de su hermosura que se negaba a tapar su rostro con el preceptivo velo. Poetisa de renombre, creadora de algo así como un club de poesía en aquella Madinat al Zahra.
Ambos tejieron en aquel ambiente cargado de azahar una de las historias de amor más bellas y tórridas que nos ha legado la historia. Sus manos aún intentan entrelazarse justo en ese lugar donde las murallas de Corduba dan paso a la Mezquita Aljama de Qurtuba. En esa ciudad sultana donde aún se levantan monumentas al amor en marmol y bronce.
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