miércoles, 23 de julio de 2008

Este verano he vuelto a una de mis pasiones arqueológicas: las estelas del suroeste.No sé si sabrás que se trata de unas piedras labradas del Bronce Final. Se caracterizan por presentar, casi siempre, la figura de un guerrero rodeado por sus armas. A veces aparecen carros, espejos...¡hasta hay una con un instrumento musical!

Siempre me ha intrigado imaginar qué aspecto tendrían estos personajes. Lo que nos han dejado ha sido, con la mejor de las voluntades, sin duda, un esquemático monigote en el que se deducen, con muchas fatigas todo hay que decirlo, una serie de características. Precisamente esa obsesión es la que guía mi trabajo. ¿Cómo eran las corazas, las espadas, los cascos?¿Llevaban túnica, faldellín, iban desnudos o se vestían con pieles sin curtir?

Una cosa suele llevar a otra en estos casos. Como casi siempre acabo revisitando los muros grabados de Medinet Habu, en Egipto. Las campañas contra los Pueblos del Mar. Pelesets, Djeker, Sekelesh, Sherden... Retomo los relieves de Luxor, la lucha contra los Hititas en Qadesh. Ramsés es perfectamente identificable sobre su carro, mucho más grande que los demás. También identifico al caudillo vencido, el hitita Muwatallish. El carro del faraón arrolla a los enemigos. Entonces me asalta el vértigo. Por un momento me fuerzo a pensar en aquellos relieves de guerreros egipcios e hititas, y en aquellos otros monigotes de las estelas del Suroeste, no como personajes, sino como personas. Indivíduos diferentes y separados, Seres humanos que amaron, comieron y murieron como nosotros. Esos relieves de los muros egipcios respiraron y sangraron. Y lo mismo las pequeñas figuras que pueblan las tumbas de los faraones, de labradores, cerveceras, esclavos. Lo mismo que las diminutas figuritas que acompañan al guerrero principal en las estelas de mi tierra. Los esquemáticos caballos que aparecen tirando de los carros serián briosos corceles con nombres como Trueno, o Viento Nocturno, o Hijo de la Tormenta, y serían el orgullo de su criador.

Fueron peldaños sin nombre de la escalera desde la que hoy miramos asombrados sus obras. Honor a ellos. Su nombre se perdió en la noche del tiempo. Su memoria no debería hacerlo.


Tags: Historia

Publicado por Antonio.Arevalo @ 20:30
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