Lo primero que distinguí fue una ráfaga oscura que arrebató mi atención de la luna. Allí estaba. Con un larguísimo pelo negro como una noche sin estrellas. Ese mismo pelo que, al agitarse, me había enganchado irremisiblemente con su anzuelo. Un rostro perfectamente ovalado, de piel muy blanca, no sé si por la selénica iluminación o por el contraste con la negrura de la cabellera. Unos ojos claros, no sabría definir si grises, verdes o azules, deliciosamente enmarcados en unas larguísimas pestañas.
Pareció dulcemente sorprendida cuando se encontró frente a mí. Supongo que iba, como yo, disculpándose con la señora del cielo nocturno por una cita fallida. Su rostro era extraordinariamente sereno, incluso cuando esbozó una suave sonrisa en respuesta a la mía.
Se oyó un "buenas noches" que supongo que pronuncié yo mismo. Su voz era un cántico cuando respondió. Durante un instante inmortal quedamos uno frente a otro. Algo debió decirle la luna, porque apartó sus ojos de los míos y los volvió al cielo. Dibujó una amplia sonrisa y volvió a mirarme, antes de seguir calle abajo.
Yo miraba a la luna y a ella alternativamente. Hasta que retomé mi camino. Ya en la puerta de casa volví a increpar con la vista a la señora. Nada decía. Sólo me miraba con su ojo redondo. No supe discernir si su silencio era aprobación o reproche, si lo que había pasado era una burla o una promesa. Sólo sé que dentro de 28 días tengo una cita. Y esta vez no faltaré.
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