Ayer tuve que volver a Granada, esta vez por motivos de trabajo. Pero, incluso así, con prisas y desde el mismo coche, aún siento un pellizco en las entrañas cuando adivino la Torre de la Vela colgada sobre el Darro, las casas colgadas del Camino de la Sierra, las umbrías del Paseo del Violón.
Me vino a la cabeza la primera vez que visité la Alhambra, siendo estudiante de Instituto. Una de las consecuencias, me temo que inevitables, de visitar la Alhambra y toda la zona es el asalto de multitud de gitanas. Ahora sólo venden romero. En aquellos años te leían la buenaventura en la mano. Algunos años después tuve oportunidad de hablar largo y sosegado con estas matronas, guardianas de una sabiduría arcana. Algunas de aquellas ancianas conocían el antiguo arte de la quiromancia y, si el día había sido fructífero y se había sacado dinerito, se podía hablar con ellas algo más seriamente sobre el tema. A menudo se descorría un trozo del velo de Isis y se intuía algo más de lo que se veía... La mayoría, por desgracia, sólo eran guardianas de la sabiduría, no menos arcana, de intentar sacarle al prójimo unas monedas para ir trampeando el hambre un día más.
Una de estas gitanas (me temo que del segundo tipo) me dijo en aquel momento que había una morena que se miraba en mis ojos. Era lo mismo que le decía a todos los visitantes. Supongo que era lo que todos querían oir.
Una morena que se miraba en mis ojos. A lo largo de los años le he ido dando vueltas y más vueltas a la frase. Es realmente bella. No es que hay una morena a la que tú miras los ojos: ella se mira en los tuyos. A menudo no es nuestra pareja lo que más amamos. Lo que más amamos es cómo nos sentimos cuando estamos con nuestra pareja. Eso no tiene que ser necesariamente malo, aunque reconozco que tampoco es intrínsecamente bueno. Nuestra pareja es, a menudo, el catalizador de lo bueno que podamos tener dentro. Bienaventurado quien tenga a esa persona que se mire en sus ojos.
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