jueves, 03 de julio de 2008

Si hay algo que no soy es un revisionista. Y menos aún de mi propia historia personal. Bastante complicado me resulta la mayor parte de las veces intentar explicar (o explicarme) el porqué hago lo que hago como para perder el tiempo intentando explicar (o explicarme) el porqué hice lo que hice. Soy tremendamente reacio a hacerme fotos (lo que no deja de ser extraño dada mi profesión) y prefiero fiar los recuerdos a la memoria antes que a cualquier tipo de soporte material. De esa manera el recuerdo crece o mengua a discreción de la memoria y del deseo. Lo otro me parece una especie de testigo de cargo que a veces nos recuerda, o nos echa en cara, cómo eramos.
Por eso me ha caído tremendamente mal lo que me ha pasado hoy. Revisando vídeos antíguos, en busca de una imágenes de archivo, mi cara me sorprendió desde el pasado. Estamos hablando de unas imágenes del año 2000. Me reconocí a duras penas. Más kilos, menos pelo, menos canas. Un cierto brillo en la mirada que no recordaba haber tenido. Aquel personaje se dirigía a la cámara con una seguridad que demostraba, sin lugar a dudas, que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. El desparpajo que da la ignorancia.Pero su mirada me desarmaba... algo así como la mirada de un niño sobredimensionado, como la sonrisa abierta y franca de un viejo en medio de la tragedia. Y entonces comprendí que estaba viendo las imágenes de un muerto, que esa persona, ese niño de veintitantos, ya no estaba aquí. Pero esta vez el pasado me ha sorprendido a traición. Y me ha hecho daño.


Tags: Reflexiones, fantasmas personales

Publicado por Antonio.Arevalo @ 19:40
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios