martes, 01 de julio de 2008
Sólo los que padecemos alguna que otra vez de jaquecas somos capaces de entender lo discapacitante que puede llegar a ser una jaqueca. Comienza como un dolor sordo e indefinido, justo detrás de los ojos. Nada particularmente intenso. A veces da la sensación de que unos dedos invisibles y mal intencionados empujan las órbitas desde dentro de la cabeza. Sea como sea, es imprescindible atajarla en estos primeros momentos. En cuestión  de minutos la jaqueca se adueña de nosotros por completo. No es sólo el intenso dolor de cabeza, que parece no venir de un lugar en concreto, pero que lo llena todo. Es, sobre todo, el malestar. "Mal cuerpo" como decimos por aquí. Molesta la luz, molesta el sonido, molesta estar de pie, molesta el mundo entero. Es necesario medicarse, recluirse en la oscuridad y en el silencio... y rogar por que sea una de esas jaquecas que no son particularmente insistentes...
La tristeza es algo parecido a la jaqueca. Te ataca cuando menos lo esperas. Empieza como un dolor inespecífico  en algún lugar del alma. Poco a poco se se va adueñando de ti. Es como una red que te entorpece, como una manta que estorba y no calienta. Es necesario retenerla en los primeros momentos. Luego es demasiado tarde. Cuando la pena se hace con el control sólo se busca recluirse en la oscuridad, en el frescor, en la soledad, en la quietud...

Tags: Reflexiones

Publicado por Antonio.Arevalo @ 19:12
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