La historia y la arqueología no tienen un lenguaje propio. O sea, que no podemos tirarnos el pegote como otras profesiones de hablar entre nosotros en un código críptico sin que se enteren los demás de lo que decimos. Para muestra un botón. Seguro que has oído hablar a un informático, a un médico, a un economista,... ya sabes a qué me refiero. Quizás por eso nos deleitamos especialmente cuando cae en nuestras disciplinas una palabra cuasi específica... es como un éxtasis místico (en plan un poco chorizo, lo admito, pero éxtasis al fin y al cabo). Y usamos (y abusamos) de palabras como apotropaico, áulico, estocástico o antrópico. La acción antrópica, que no es un término estrictamente histórico, pero que se usa a menudo, consiste en las actuaciones llevadas a cabo por el hombre en tanto especie (no en cuanto a sexo).
Decía Prince que, cuando caminaba por la calle, iba pensando en sonidos, melodías... que era casi una maldición. Hoy he realizado uno de esos viajes desde las dehesas continentales de mi tierra hasta las llanuras en las que se intuye el olor del mar, más allá de Sevilla (también mi tierra pero un poco más lejos). La parte artística del cerebro procesaba en términos técnicos los rasgos del paisajes: el cielo mutando del celeste al cerúleo, los girasoles de amarillo cadmio, las curvas de la Cuesta del Espino acercándome peligrosamente al ocre de la tierra más allá de los quitamiedos. La parte histórica estaba algo más entretenida. Intentaba imaginar cómo sería ese mismo paisaje sin la acción antrópica (de ahí la referencia del título). Ver el campo sin carreteras, sin caminos, sin pueblos. Cuando el historiador, o el arqueólogo, se planta ante un plano a menudo queda limitado en su visión por la presencia de esas líneas que cruzan y recruzan el papel. Es como cuando el juez dice al Jurado "no tomarán en cuenta esa última frase". Es difícil no tenerla en cuenta, como es difícil obviar los caminos y carreteras.
Pero es que cuando llegaron a esa misma postal los almorávides, o los visigodos, o los romanos, no existían esos caminos. Al menos no todos. Cuando imaginamos el paisaje sin la acción superpuesta del hombre comprendemos, por ejemplo, que Córdoba no podía estar en otro sitio (es el primer vado del Guadalquivir desde la desembocadura), que Carmona está en un lugar insustituible y que es difícil encontrar un lugar tan defendible como Ronda o el Cerro de la Alhambra. El problema es que nos empeñamos en mirar al pasado a través del prisma del presente. Uno de los problemas. El asentamiento actual no tiene por qué ser hijo del asentamiento antiguo. Una población podría ser perfectamente coherente en su ubicación en el siglo IV ante de Cristo... y ser una auténtica barbaridad en el siglo XV AD. Pero el cristal con que se mira, demasiado a menudo, tinta la imagen que tenemos del pasado.
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